Por Adrián Contreras.

La iglesia está viviendo tiempos muy interesantes, hoy la manifestación del Espíritu Santo es palpable, real y oramos para que las personas que asistan a cada reunión de la congregación puedan experimentar esa Presencia maravillosa de manera personal.

En mi tiempo de oración diario, le pido al Señor que se revele y nos muestre cada vez más y más de Él en nuestras vidas y mientras oraba en mi casa en esa dirección el Señor me llevó a entender algo en mi corazón que quiero compartirte en este artículo, y es que para que Dios pueda revelarse y moverse cada día con más libertad en nuestras vidas, necesita suceder algo: ¡debemos reedificar la casa de Dios!

Quizá tú puedes preguntarme, ¿cuál es la casa de Dios? ¡¡Nosotros!!! Cada uno de nosotros. Dice la Palabra que nosotros, como nuevos creyentes y al haber aceptado al Señor Jesús como Señor, experimentamos una realidad espiritual: Él vive en nuestro corazón -Apocalipsis 3:23- y sabemos que nosotros somos su cuerpo, nosotros somos templo del Espíritu Santo…. ¡Somos la casa de Dios!

Volvamos a la pregunta inicial, ¿Cómo reedificas la casa de Dios?

Primero, necesitamos entender que para reedificar una casa tiene que haber un proceso de demolición o quizá ya hay algunas áreas que se encuentran destruidas en una casa; y muchas veces no nos damos el tiempo de ver que en nuestra vida nos encontramos de esa manera, y que debido a nuestro descuido, muchas áreas están derribadas, se encuentran en ruinas, malas relaciones, comunicaciones rotas. Un desorden en vez de una casa bien mantenida.

Leyendo una vez las escrituras, en el libro de Mateo 21:12, y preguntando al Señor cómo hacer para reedificar la casa y las áreas que yo sabía que había descuidado, leí el pasaje cuando Jesús se enoja porque encuentra a comerciantes y mercaderes haciendo negocio dentro y fuera del templo. Dice la palabra que su enojo fue tal, que terminó corriéndolos del templo y les dijo: escrito está, mi casa será llamada casa de oración y venían a él sordos, cojos y eran sanados y los niños alababan en el tempo.

Me llamó mucho la atención el orden de cómo sucedieron las cosas en ese pasaje y entendí que ¡así trabaja el Señor!. Fue como cuando en verdad entiendes algo que a primera vista no habías visto y te cae el veinte, y dije: Así tiene que suceder para que sea reedificado el templo del Señor y no sólo eso, sino para que la alabanza sea ¡perfeccionada en su templo! ¡Wooow!

Fíjate cómo lo primero que hace el Señor es limpiar el templo, y Él nos limpia con lo más preciado, ¡Su Sangre!. Quita toda suciedad y trae pureza a nuestra vida, posteriormente “la casa” debe ser llamada casa de oración, casa en la que nuestras habilidades son restauradas en Su Gracia y Su Poder, y con un corazón puro y falto de malicia, podamos ofrecer una alabanza perfecta.

Yo te invito a que diario examines tu corazón y le des oportunidad al Espíritu Santo de que trabaje en él, limpie y ordene nuestros motivos y anhelos. Que en esos momentos de oración, Él pueda restaurar y alinear tus sentidos espirituales para que juntos podamos ofrecer una alabanza genuina, verdadera y perfecta.